Gestionemos la imaginación: la historia del anciano y el preso

Puede faltarnos dinero, personal, talento, valor o suerte, pero no hay nada que no pueda ser superado con aquello que nos convierte en humanos: la imaginación. ¿Nuestras empresas gestionan adecuadamente este activo?

La historia que vamos a contar hoy puede haberte llegado bajo diferentes contextos y protagonistas, (pues no son pocos los ejemplos posibles) pero nos recuerda una importante lección que muchas veces tememos aplicar a nuestra vida profesional.
 

Las manos que salieron de la carcel

Las manos que salieron de la cárcel

Con solo verla podía adivinarse que la tierra estaba dura. El anciano deslizó sus pies sobre la superficie y descubrió que bajo el color marrón de su huerto, se extendía un manto oscuro que indicaba la gran densidad de un terreno hasta hace poco húmedo.

Le costó inclinarse para golpear con su pequeño pico de jardinero, y cuando lo consiguió dejó escapar todo su oxígeno con cada golpe, sintiendo la extraña sensación de que sus pulmones estaban recalentando su torrente sanguíneo. Esta sensación le hizo sudar y jadear, pero pese al esfuerzo, apenas había rascado la superficie.

No estaba acostumbrado a dejar el huerto antes de que la tierra pudiera calentarse con el sol recibido durante la mañana, pero tuvo que sentarse resollando en el sofá del salón. Desde su posición miró la foto de su hijo, con el que cada año había trabajado aquel terreno para poder saboreas los tomates de temporada.

“Es un buen chico”, pensó pese a los problemas con las drogas que le habían llevado a la cárcel. “Pueden decir lo que quieran, pero es un buen chico” se repitió durante minutos. Aún con las canas húmedas por el esfuerzo agarró su pluma y se decidió a escribirle una carta:

“Querido hijo. Estoy muy triste pues por primera vez me veo incapaz de plantar mis tomates. Me doy cuenta de lo importante que ha resultado tu ayuda durante todos estos años y, ahora que no estás, veo que simplemente soy demasiado viejo para cavar. Ojalá estuvieras aquí conmigo para trabajar juntos como en los viejos tiempos. Te echo de menos”

A los dos días la casa del anciano se llenó de policía y agentes del FBI, que esgrimían una orden de registro. Ante las preguntas del anciano, le explicaron que su hijo le había intentado mandar una carta en la que reconocía un grave delito del que nadie tenía conocimiento: “Lo siento mucho, papá, pero es mejor que no escarbes en el jardín por ahora… es donde enterré los cadáveres.

Por un momento quedó petrificado y pensando que todo aquello era imposible. Su hijo había cometido muchos errores pero ¿había sido capaz de tales barbaridades? Durante varios días, se rastreó el terreno sin encontrar ningún cuerpo hasta que, repentinamente, los investigadores y sus máquinas excavadoras se marcharon.

Entonces, poco tiempo después recibió una carta de su hijo que abrió con nerviosismo: “Ve a plantar nuestros tomates, papá. Ahora deberías poder hacerlo. Esto es lo mejor que he podido hacer dadas mis circunstancias. Te quiero.”

Piénsalo: no es solo un problema de medios

Ante un conflicto como el que se ha encontrado el hijo del jardinero, podemos rendirnos ante la imposibilidad de actuar, o buscar nuevas maneras de hacerlo. La imaginación puede hacer posible aquello que pensábamos que no tenía solución.

No vamos a analizar el aspecto ético de la historia, sino el hecho de que muchos de nuestros problemas empresariales deben ser abordados desde nuevas perspectivas. Aunque la crisis pueda limitar muchas de nuestras acciones, no debemos cesar en nuestro empeño por hacerlas posibles.

 


Grudiz es máster en gestión de RRHH, ADE, Bachelor in Business Administration (EEUU), formador de empresas, responsable de área fiscal y gestor estratégico. Colaborador de la Escuela de Negocios MBA. Escribe en Pymes y Autónomos y en Actibva.

Puedes seguirlo en Twitter en @Grudiz_


 

Fuente: Blog Sage

Imagen: Muffet